Dajabon RD.En años anteriores, la llegada de diciembre traía consigo una brisa especial: el anuncio de los bonos navideños, las raciones alimenticias y las canastas que llegaban a los barrios como símbolo de solidaridad y esperanza. Era la señal de que la Navidad se sentía en cada esquina, no solo por las luces y los villancicos, sino porque las familias más humildes podían contar con un pequeño alivio para celebrar con dignidad.
Hoy, sin embargo, la realidad es distinta. A pocos días de la Nochebuena, en muchos hogares no ha llegado ni el bono, ni la canasta, ni las raciones alimenticias. Lo que antes era un gesto que marcaba la diferencia entre la escasez y la posibilidad de compartir, ahora se ha convertido en una ausencia que duele.
Los barrios pobres, que dependen de estas ayudas para enfrentar el peso de la desigualdad, se ven más pobres en esta Navidad. La mesa se queda vacía, la ilusión se apaga y la sensación de abandono se hace más fuerte. No se trata solo de un aporte económico: se trata de un símbolo de reconocimiento, de cercanía, de justicia mínima hacia quienes sostienen la vida con tanto esfuerzo.
La Navidad debería ser un tiempo de unión, de esperanza y de gestos concretos que dignifiquen a las familias. Sin bonos, sin raciones y sin canastas, lo que queda es la pregunta incómoda: ¿quién vela por los más vulnerables cuando la solidaridad institucional se ausenta?
En medio de esta carencia, la verdadera riqueza de los barrios sigue siendo su gente: madres que inventan con lo poco, vecinos que comparten lo que tienen, niños que sueñan aunque falte el pan. Esa fuerza comunitaria es la que mantiene viva la Navidad, aunque los programas oficiales no lleguen.





