Santo Domingo RD. El país cierra el año con una deuda que supera a gobiernos anteriores, hipotecando el futuro y dejando cada vez menos espacio para invertir en lo que realmente sostiene a una nación: educación, salud y bienestar comunitario. La deuda se convierte en un peso que no se ve, pero que se siente en cada decisión y en cada bolsillo.
La canasta familiar, convertida en espejo de la desigualdad, sube como espuma. Los alimentos básicos se vuelven un lujo, y las familias pobres cargan con la tragedia de pagar más de alquiler de lo que ganan, atrapadas en una realidad que las condena a sobrevivir sin aire. Los bonos navideños, que alguna vez fueron símbolo de esperanza, se han esfumado, dejando a la gente con las manos vacías en medio de las fiestas.
Mientras tanto, los gobernantes siguen rodeados de “culebras venenosas”, consejeros que alimentan intereses propios y alejan al poder de la realidad del pueblo. En ese círculo cerrado, los muertos que se acumulan son los de la masa pobre, víctimas de un sistema que no logra protegerlos ni darles voz.
Este año deja una verdad que no se puede maquillar: la economía no es un número abstracto, es la mesa vacía de cada familia. Y en medio de la deuda, la carestía y la indiferencia del poder, queda el grito colectivo que atraviesa las calles y los hogares: feliz año nuevo, familia huérfanos de gobernantes vampiros.





