La calidad educativa en nuestro país atraviesa una tormenta que parece no tener fin. Los estudiantes reciben una formación cada vez más debilitada, mientras los maestros, a estas alturas del año escolar, aún esperan las guías didácticas que deberían orientar su trabajo en el aula. ¿Cómo se puede hablar de planificación y excelencia si ni siquiera se entregan las herramientas básicas para enseñar?
El panorama se agrava cuando miramos hacia el INABIMA, institución que debería velar por el bienestar del magisterio. Lo que se ofrece como apoyo —una pantalla y una comida— se convierte en símbolo de precariedad: alimentos de mala calidad que indignan más que nutren. Es un reflejo de la indiferencia hacia quienes sostienen el sistema educativo con esfuerzo y vocación.
Mientras tanto, el presidente aparece rodeado de asesores y ministros incapaces de dar respuestas. Tres ministros han pasado por el cargo y ninguno ha logrado resolver lo esencial. La educación se ha convertido en un terreno de discursos vacíos, donde las promesas se repiten y las soluciones nunca llegan. La incapacidad de gestión se traduce en frustración para maestros, estudiantes y familias.
La educación no puede seguir siendo un escenario de improvisación. No se trata de pantallas ni de actos protocolares, sino de garantizar calidad en la enseñanza, dignidad en el trato a los docentes y coherencia en las políticas públicas. El país necesita un liderazgo que escuche, que actúe y que entienda que sin educación no hay futuro posible.
Hoy, más que nunca, urge levantar la voz: exigir guías didácticas, exigir alimentos dignos, exigir ministros que trabajen y un presidente que gobierne con soluciones, no con excusas. La educación no es un lujo, es la base de la nación. Y cuando se descuida, todo lo demás se derrumba.




