La crisis se siente, la esperanza se apaga y el espíritu navideño parece haberse perdido.
Este 2025, la República Dominicana vive un inicio de Navidad silencioso, apagado y cargado de incertidumbre. No se siente la brisita fresca que antes llenaba de ilusión los corazones; no hay luces, ni adornos, ni ese bullicio alegre que solía anunciar el mes más esperado del año.
En las calles reina una calma extraña, una mezcla de tristeza y resignación que refleja el duro golpe de la crisis económica sobre la vida cotidiana de los dominicanos.
Los precios de los alimentos y los servicios básicos continúan disparados. El salario ya no alcanza, y miles de familias apenas pueden cubrir lo esencial. Comerciantes con sus negocios vacíos, empleados con sueldos atrasados, y un pueblo que mira el calendario sin sentir el entusiasmo que solía tener cuando se acercaba diciembre.
La Navidad, que antes era sinónimo de luces, aguinaldos, dulces y reuniones familiares, hoy se siente lejana y opacada por la realidad.
Las calles están oscuras, los parques vacíos y en muchos pueblos ni siquiera se vislumbra un simple bombillo decorativo. Las autoridades locales y nacionales parecen más preocupadas por discursos que por devolverle al pueblo la alegría y el ánimo que tanto necesita.
El país atraviesa un momento donde la desigualdad se hace más visible: mientras unos pocos exhiben abundancia, la gran mayoría enfrenta un diciembre incierto, con bolsillos vacíos y esperanzas cada vez más frágiles.
La famosa “brisa navideña” ya no se siente; en su lugar sopla el viento frío de la frustración y el desencanto.
Y es que la Navidad no se mide por el lujo ni por los adornos, sino por el espíritu y la unión del pueblo. Pero cuando la necesidad se impone y la indiferencia oficial se multiplica, hasta la fe se pone a prueba.
Hoy, la República Dominicana necesita más que luces: necesita voluntad, empatía y compromiso con la gente.
Porque no puede haber Navidad alegre en un país donde el pueblo no tiene para celebrar, donde la mesa está vacía y las calles están tristes.
Ojalá diciembre traiga consigo una chispa de esperanza, un gesto de humanidad y una razón para volver a creer.
Porque un pueblo sin alegría es un pueblo que está perdiendo su alma, y la Navidad siempre ha sido el corazón que nos recordaba que juntos podíamos seguir adelante.





