Dajabon RD. En muchos centros educativos se han visto situaciones que generan debate: estudiantes que llegan unos minutos tarde y se enfrentan a la negativa de entrar a clases. Este hecho nos invita a reflexionar sobre el equilibrio entre el cumplimiento de las normas escolares y el derecho fundamental a la educación.
Es cierto que los centros educativos tienen normas y reglas que deben cumplirse. La puntualidad no es un capricho, sino un valor que forma parte de la disciplina y la responsabilidad que todo ciudadano necesita para desenvolverse en la vida. Los padres juegan un papel esencial en este proceso: organizar rutinas, despertar más temprano y enseñar con el ejemplo son acciones que transmiten respeto por los horarios y por la comunidad escolar.
Ahora bien, permitir que los estudiantes entren a cualquier hora sin consecuencias también sería un error. Si se deja pasar el retraso como algo rutinario, se corre el riesgo de que los alumnos lo normalicen y pierdan el sentido de la disciplina. La misión de la escuela es formar, y esa formación incluye enseñar que las reglas existen para ser cumplidas. Las sanciones deben ser educativas y proporcionales, pero firmes, de modo que los estudiantes comprendan que la puntualidad es parte de su responsabilidad.
La solución está en el equilibrio: los centros deben mantener sus normas con claridad y coherencia, aplicando medidas que corrijan sin excluir, pero sin caer en la permisividad. Y los padres, más que criticar, deben asumir su responsabilidad de enseñar disciplina y respeto desde el hogar.





